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Mallea por Mallea Juicio y prejuicio
Se reproduce una columna del escritor Eduardo Mallea publicada enel diario argentino LA NACION en 1962.
La literatura se divide en dos grandes clases, a saber: la literatura para olvidarse de uno mismo y la literatura para acordarse de uno mismo. La primera es la literatura que contesta (por lo general amablemente); la segunda es la literatura que pregunta (por lo general ásperamente). La primera suele ser la literatura formalmente acabada; la segunda suele ser la literatura formalmente imperfecta. La una trae una saciedad; la otra despierta un apetito. La una es la literatura axiomática; la otra es la literatura problemática. La una se distingue por su paso apacible; la otra se distingue por su paso dramático. La una tiende a proponer la vida como menos intensa, en definitiva, es un emoliente; la otra tiende a invitar a una vida más intensa, en definitiva es una incitación, en definitiva es un desafío. En resumidas cuentas, la una es la literatura conformista y la otra es una literatura revolucionaria. No se trata en este último caso de una literatura de revolución en el plano político, porque ésa no es literatura; sino que se trata de una revolución en el fuero interno: se trata de una literatura que llama al hombre a abandonar sus protecciones y mirarse cara a cara. La única literatura que de veras importa es la esta última clase, porque tiende a que el hombre sea menos parcialmente hombre, más alta, noble y plenamente hombre, más seguro de sus atributos morales íntegros y no se trate de figuras de bronce sino de especímenes esencialmente humanos. Poca gente ha visto a un hombre verdaderamente íntegro: es el que comprende sin temor su abismo y su cielo, el que se atreve a dar un paso más con esas dos visiones en el alma, a favor de la verdad íntima creadora y en contra de las convenciones del "idealismo" que traiciona al hombre en aras de una idea-muleta, del falso honor, que teme a la verdad total, al gran coraje de las almas libres. El Brand de Ibsen es uno de los ejemplos supremos de la literatura para acordarse de uno mismo. Despierta la memoria de lo que es un hombre vuelto parcial y cruel por su apego a los principios en estado "puro".
Brand es un matador del corazón. Un matador del ser humano como tal ser humano. Predica el deber y la adoración hecha idolátrica por encima de las profundas razones del alma. Pero a ese gigante de la destrucción vía "idealismo", las montañas mismas lo destruyen en una avalancha, haciendo justicia sobre el terrífico juzgador, sobre aquel que en su paso inmoló a cuanto ser humano osó poner su ternura vulnerable por encima de la rigidez farisaica.
* Una de las cosas más estimulantes para un escritor: la lectura de los mayores visionarios. Una de las cosas más deprimentes, odiosas y sublevantes, oír hablar a la gente estéril -los legos y los que presumen de doctor por decreto propio- de escritores y de obras. Si es verdad aquello que decía Claudel - "no hay peor oficio que el de los que tienen que depender de la opinión de los demás" -, y si es verdad que nada hay más opinable que la obra de los artistas, siempre sorprende e indigna escuchar a los pedantes y a los estetas sine nobilitate sus flagrantes acusaciones estólidas sobre autores y libros, basadas en el puro prejuicio. En el infernal y repugnante prejuicio, pues no hay, en efecto, espectáculo más infernal y repugnante que el del prejuicio enarbolado como juicio.
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